Servicio de taxis

El preludio sobre el asfalto: el trayecto en taxi de Lavacolla a Sarria

El inicio del Camino de Santiago para miles de caminantes no coincide con la primera flecha amarilla grabada en un mojón, sino con el momento exacto en que las ruedas de un avión toman tierra en el aeropuerto de Rosalía de Castro—Lavacolla. Para una gran mayoría de ellos, el objetivo geográfico inmediato es Sarria, el punto de arranque predilecto para completar los últimos cien kilómetros y ganar la ansiada Compostela. Sin embargo, enlazar la terminal aérea con la villa lucense a través del transporte público colectivo suele implicar transbordos engorrosos en la intermodal compostelana o en Lugo, esperas dilatadas y la pérdida casi completa de una jornada. Por ello, recurrir a un taxi directo desde el aeropuerto hacia Sarria se convierte en la opción logística más resolutiva, transformando una transferencia tediosa en una antesala reposada y panorámica.

La experiencia arranca en la dársena de llegadas. Al cruzar las puertas automáticas tras recoger la mochila de senderismo debidamente protegida para el vuelo, la visión de los vehículos blancos con su franja azul transmite un alivio instantáneo. Bastan pocas palabras para cerrar el destino con el conductor y acomodar los bultos en un maletero generoso: bastones telescópicos, botas de montaña y bolsas técnicas quedan bien resguardados mientras el pasajero ocupa el asiento trasero, dejando atrás el murmullo acelerado de la terminal.

Apenas el taxi se incorpora a la A-54 en dirección a Lugo y el interior de la provincia, el paisaje urbano se diluye para dar paso al tapiz ininterrumpido de la Galicia verde. El trayecto, que discurre en poco más de una hora y cuarto dependiendo de los tramos de autovía y carretera convencional por Palas de Rei o Melide, ofrece una transición geográfica y mental indispensable. A través de la ventanilla desfilan robledales frondosos, pastizales salpicados de ganado rubio gallego y pequeñas aldeas de piedra con sus hórreos cubiertos de musgo. Es una inmersión visual en la misma tierra que el peregrino recorrerá después a pie, pero contemplada ahora desde el silencio cómodo de un habitáculo templado.

La conversación con el taxista suele ser otro elemento enriquecedor. Acostumbrados a trasladar a personas de todo el planeta, los conductores gallegos actúan como embajadores espontáneos: ofrecen consejos de última hora sobre el estado del tiempo, recomiendan etapas sin masificaciones o señalan puntos gastronómicos clave para reponer fuerzas antes de empezar la marcha. Hay en ese trato una calidez cercana y prudente que mitiga cualquier inquietud previa a la gran caminata.

Al coronar las últimas curvas y descender hacia el valle del río Sarria, el ambiente del Camino se hace visible en cada rincón: albergues con ropa tendida al sol, terrazas llenas de mochileros y la Rúa Maior ascendiendo con su aire medieval hacia la iglesia de Santa Mariña. Apearse del taxi en el centro de la villa, calzarse las botas y sentir la brisa fresca del interior lucense sin el menor rastro de fatiga por el traslado confirma el acierto. Viajar en taxi del aeropuerto de Santiago a Sarria permite guardar las fuerzas y la concentración para lo que verdaderamente importa: el primer paso a pie bajo la sombra de los carballos.