Suelo empezar mis mañanas en la ciudad contemplando el rumor apresurado del tráfico que asciende por Gran Vía, ese pulso industrial y vigoroso que define a la mayor urbe del sur gallego. Sin embargo, mi verdadero entusiasmo despierta cuando decido alejarme del asfalto comercial para redescubrir la infinidad de contrastes que esconden Vigo y alrededores, un territorio singular donde la naturaleza atlántica y la tradición marinera se resisten a ser devoradas por la prisa cotidiana. Basta con ascender las primeras rampas que conducen a la cima del monte de O Castro para comprender de golpe la escala del paisaje: entre murallas artilladas de piedra oscura y restos de antiguas viviendas castreñas, el mirador regala una vista privilegiada sobre la ría, con el perfil de las islas Cíes actuando como muralla protectora frente a la inmensidad del océano abierto mientras los buques mercantes maniobran lentamente en la ensenada.
Descendiendo de nuevo hacia la cota cero, prefiero calzarme unas zapatillas cómodas y adentrarme en el paseo fluvial del río Lagares, una arteria vegetal que vertebra la ciudad de este a oeste y que muchos vecinos aún recorren con la sorpresa de quien encuentra un bosque intacto en el patio trasero de casa. Caminar bajo el dosel umbrío de los sauces, alisos y laureles mientras el agua discurre en pequeños meandros amortigua el bullicio urbano y me conduce, casi sin darme cuenta, hasta la desembocadura en la ensenada de Samil. Es fascinante cómo este corredor verde permite cruzar kilómetros de tejido urbano acompañado por el canto de los mirlos y las garzas reales, ofreciendo un remanso de frescor balsámico incluso en los mediodías más calurosos de la temporada estival antes de abrirse hacia la brisa abierta de la costa.
El viaje adquiere su sabor más auténtico cuando mis pasos se desvían hacia las callejuelas empedradas de Bouzas, una villa con orgullo e identidad propia que todavía respira a ritmo de marea viva. Me gusta perder el tiempo paseando entre sus casas marineras de planta baja, con sus patines de piedra y fachadas blanqueadas, hasta desembocar en el paseo marítimo que bordea los astilleros tradicionales. En sus tabernas históricas, sentarse en una terraza frente al mar para pedir una ración de mejillones al vapor o unas xoubas crujientes mientras los barcos de bajura cabecean en sus amarres es un ritual que reconcilia a cualquiera con el compás sosegado del marisqueo de antes, lejos de las modas gastronómicas artificiosas.
Desde Bouzas, la carretera de la costa se despliega hacia el sur como una invitación irrechazable a perderse por las pequeñas calas resguardadas que salpican el litoral entre Canido, Cabo Estai, Sayanes y Panxón, hasta acariciar la bahía histórica de Baiona. Son arenales recogidos, abrazados por masas de pinos piñoneros y rocas de granito modeladas por el oleaje atlántico, donde el agua cristalina invita a un baño reconstituyente y la luz dorada del atardecer tiñe las bateas de la ría con tonos cobrizos que invitan a demorar el regreso hacia el asfalto de la ciudad.